EL PADRE/ EL OTRO LADO DE LA ENERGÍA MASCULINA. POR ALLARI PRIETO



HISTORIAS DE HÉROES VERDADEROS


EL PADRE/ EL OTRO LADO DE LA ENERGÍA MASCULINA

POR ALLARI PRIETO


“Como humanidad hemos olvidado el principio de “Unidad” fundamental en toda práctica espiritual, no paramos de dividirnos y buscar las notorias diferencias entre nosotros. Tenemos una sensación constante de estar separados, nos dividimos en negros y blancos, en homosexuales y heterosexuales, en mujeres y hombres, gente de izquierda y de derecha. Cuándo entenderemos que somos la misma energía, que en realidad no estamos separados y que juntos conformamos un todo, quizá el día que lo recordemos, podamos sentar las bases para construir una mejor sociedad.”

Bien es cierto que en nuestro país vivimos actualmente una desenfrenada ola de violencia contra la mujer y un ejemplo claro de ello, es el escalofriante incremento de feminicidios en la última década, así como el incremento de actos de violentos contra niños y mujeres que ejercen muchos hombres.


La violencia de género es toda agresión física o psicológica ejercida hacía las personas del género opuesto al agresor. En el caso específico de México, en la mayoría de los casos la ejercen los hombres hacia las mujeres. Las causas pueden ser diversas y muy complejas, pero la realidad es que esta violencia es generada, en su mayor parte, por una ausencia de valores adquiridos durante etapas tempranas de la infancia, donde la educación juega un papel fundamental lo que, aunado a la falta de denuncias y justicia dota esta problemática de un aspecto de “invisibilidad”, cerca del 88.4% de las mujeres que fueron agredidas en México no presentaron denuncia alguna.


No podemos negar que las cifras son escalofriantes. Datos del INEGI señalan que el 51% de la población en nuestro país está conformada por mujeres. De ese total se estima que 66 de cada 100 mujeres mayores de 18 años en nuestro país, han sufrido a lo largo de su vida algún tipo de agresión física, psicológica o sexual y sólo en 9.45% ha denunciado. Cerca de 10 mujeres son asesinadas cada día en nuestro país. Son las niñas y adolescentes, sin duda, el sector más vulnerable y afectado. Datos recientes de la activista mexicana Verónica Villalvazo, conocida como Frida Guerrera muestran que, en los dos últimos años, México pasó de 3.6 feminicidios infantiles a 7 diarios, y de 4 a 7 desapariciones diarias. Los feminicidios de niñas y adolescentes aumentaron en 39% en 2020 y la pandemia y el encierro, jugaron un factor muy importante.


Sin duda un escenario terrible que ha provocado que miles de mujeres en este país y en el mundo levantemos la voz y nos manifestemos en contra de hechos tan atroces. En fechas recientes, justo días antes de que comenzará el retiro del COVID-19 ocurrieron hechos muy relevantes en la Ciudad de México y en muchas otras ciudades del país. El primero tuvo lugar el 29 de Noviembre en 2019, cuando cientos de mujeres mexicanas en distintas partes del país replicaron el ejercicio de los colectivos feministas chilenos “Un Violador” a fin de hacer visible y notoria dicha violencia, del mismo modo, el 8 de marzo se calcula que alrededor de 80 mil mujeres marchamos del monumento de la Revolución al Zócalo capitalino para manifestar nuestro hartazgo y exigir el alto a la violencia, al siguiente día, el 9 de marzo, bajo el lema: “El Nueve ninguna se mueve” se llevó a cabo #Undíasinnosotras, un ejercicio de simulación sobre el que pasaría si las mujeres desapareciéramos. Ausencia, silencio que, sin duda, cimbró muchas conciencias, pero con la llegada de la pandemia todo pareció quedar en pausa y desfavorablemente durante el confinamiento hubo un incremento en la violencia de género.

Aunado a todo lo anterior se encuentra el tema de la paternidad no responsable. Datos del colectivo feminista Tercera Vía muestran que en 4 de cada 10 familias mexicanas el padre está ausente, datos del INEGI muestran que el 67.5% de las madres solteras no reciben pensión alimenticia y 3 de cada 4 niños en nuestro país no reciben ningún tipo de apoyo de sus padres.


Lo que a final de cuentas se traduce como un factor que favorece el incremento de la violencia.

Hoy en día la violencia de género es también una pandemia o al menos así lo ha definido de ONU y es, sin duda, uno de los temas que necesitamos atender. Hay una multiplicidad de factores que podemos nombrar como causantes de este fenómeno y si nos abocamos al aspecto espiritual, podremos observar que en nuestras sociedades actuales hay una constante idea y sensación de separación, de que es mucho lo que nos divide que lo que nos une.


Como humanidad hemos olvidado el principio de “Unidad” fundamental en toda práctica espiritual, no paramos de dividirnos y buscar las notorias diferencias entre nosotros. Un tema que ha sido muy recurrente en muchas conversaciones con mi querido amigo y maestro el Dr. Hesi Rodríguez, es que tenemos una sensación constante de estar separados, nos dividimos en negros y blancos, en homosexuales y heterosexuales, en mujeres y hombres, gente de izquierda y de derecha, chairos y derechairos, seres pensantes y animales, cuándo entenderemos que somos la misma energía, que en realidad no estamos separados y que juntos conformamos un todo, quizá el día que lo recordemos, podamos sentar las bases para construir una mejor sociedad, más justa y fraterna, pero sobre todo, más respetuosa y tolerante. Entender que nuestra diversidad no nos separa, por el contrario, nos hace mejores.


De ningún modo pretendo minimizar con este texto los hechos de violencia, sin precedentes que he narrado anteriormente, simplemente quiero destacar que no creo que el odio y la división sean el camino, mucho menos las respuestas violentas, comprendo que una muy buena parte de la energía masculina en este país se está manifestando de manera muy destructiva y aniquiladora, hay una herida inmensa, pero aquí es donde surge en mí una hipótesis distinta ¿Y si apostamos por la unidad? ¿Será uno de los caminos? Mirarnos de frente, reconocernos y a partir de ahí reconstruir el tejido social en unidad.


Es por ello por lo que, hoy quiero contarles la historia de un padre, como muchos otros padres que nos muestran ese otro lado de la energía masculina y que a lo largo de esta pandemia nos recuerdan que el sentido de unidad es algo posible.

El padre

Su nombre es Manuel, es padre de un niño de 9 años y esposo, como muchas personas Manuel juega una multiplicidad de roles en su vida cotidiana.


Muchos pensaríamos que quizá la historia de infancia de Manuel propició que fuera hoy el gran padre que es, que quizá su referente de paternidad ayudó, pero en realidad a pesar de no ser así, Manuel ha realizado un profundo proceso personal que la ha permitido desapegarse de conductas machistas y violentas, y hoy es un gran padre y un ejemplo de que la energía masculina es también capaz de sostener, vincular, cuidar, proteger y amar y que, esta no es una labor exclusiva del género femenino.


Manuel fue papá a la edad de 33 años, desde que se enteró de la noticia de que su esposa estaba embarazada asumió su rol de padre, su capacidad de paternar. Estuvo presente en todas y cada una de las citas médicas, desde siempre colaboró a la par con las labores domésticas y con las aportaciones económicas, tomó junto a su esposa cada una de las decisiones importantes. Al nacer su hijo estuvo presente en el parto y desde la primera noche de su hijo en casa, estuvo presente, no como un mero espectador, sino como un participante activo. Sabía de temas de lactancia, acompañaba a su esposa durante las noches mientras ella alimentaba al bebé y después él lo hacia repetir, cambiaba el pañal y dormía al pequeño, a pesar de tener que levantarse temprano al otro día para ir al trabajo. Manuel estuvo presente en la ablactación, en las noches de enfermedad, en las visitas al pediatra, cuando su hijo comenzó a gatear, en los primeros pasos, en la elección de la guardería ayudando a generar un espacio para que su esposa, también pudiera retomar su vida laboral y se siguiera desarrollando en ámbitos más allá de la maternidad.


Muchos conocidos y familiares cercanos se sorprendían de lo “colaborativo” que era Manuel, incluso algunos llegaron a comentar sobre “lo afortunada que era su esposa de tener a su lado un hombre tan cooperador” A lo que su esposa siempre respondía que no era fortuna, que era simple voluntad de ejercer paternidad en conciencia y presencia.

Los años transcurrieron y su hijo creció, Manuel y su esposa encontraron espacios para seguir ejerciendo la paternidad y la maternidad con equilibrio. Manuel es un padre que en su espacio laboral puede llevar a su hijo mientras su esposa trabaja, es un padre que participa en las actividades escolares, en las tareas, en la educación y formación y hasta en el chat escolar.


La pandemia llegó y Manuel y su esposa tuvieron la oportunidad de trabajar desde casa y como muchas otras familias tuvieron que readaptarse a compartir espacios a compartir aún más las labores domésticas, pero sobre todo a educar en unidad, inculcando valores como la participación, la igualdad, la diversidad y la equidad.


Manuel es un hombre capaz de curar más allá de una rodilla raspada o un chipote en la frente es un hombre capaz de preparar los más deliciosos desayunos, de entender y ayudar a su hijo en las clases en línea, a pesar de tener una gran carga de trabajo, de poner una lavadora y tender la ropa, de hacer la compra, de poner un termómetro y administrar un jarabe, pero también es un hombre capaz de curar un corazón roto, de remendar una herida del alma, de escuchar, abrazar y contener.


Hoy quise compartir la historia de Manuel porque es un claro ejemplo de ese otro lado de la energía masculina, esa energía que cuida, acompaña, sostiene, participa, forma, educa y ama en conciencia. Manuel como muchos hombres es un referente de la capacidad de trascender las prácticas y creencias machistas para ser un hombre capaz de formar otro ser. Hoy más que nunca necesitamos en nuestra sociedad hombres como Manuel (que existen muchos) que simplemente ejerzan en plenitud su papel de padres y no sólo de proveedores económicos.


Esta pandemia ha puesto en evidencia también la fragilidad, no sólo física y emocional de muchos hombres y nos ha mostrado la necesidad que tienen de dejar de ser esa imagen de inquebrantable fortaleza y rudeza, que el trabajo interno, emocional y espiritual es también un derecho para ellos. Debemos nosotras las mujeres generar y colaborar para que estos hombres tengan estos espacios, permitirles paternar y ser sensibles. Es un trabajo de unidad el que en conjunto eduquemos a seres, sensibles empáticos y resilientes. La tolerancia, la equidad, la idea de diversidad y el amor se enseñan en casa, en las prácticas del día a día. Bienvenida esa otra energía masculina y que juntos desde la educación en unidad, hombres y mujeres de igual a igual, familias homosexuales, homoparentales y diversas podamos reconstruir el tejido social que tanto lo necesita y en un futuro no muy lejano podamos juntos erradicar la violencia.

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