LA CONCIENCIA DE LA PROPIA MUERTE COMO UNA ELECCIÓN DE VIDA

APRENDER A IR POR OTRO CAMINO

POR HESIQUIO RODRÍGUEZ




Una de las características del ser humano es que es mortal, es darse cuenta de su temporalidad, de que no estará vivo siempre. La muerte nos acompaña desde el principio del camino, es lo único seguro en la vida para nosotros. Esto ha sido siempre un drama terrible para el ser humano que, a lo largo de su vida, tendrá que enfrentarse a las pérdidas y los duelos que siguen a la muerte.

La sociedad comienza a aceptar la muerte ajena, pero ¿qué ocurre cuando soy yo el que está muriendo? Desde que era niño he sido una persona con muchos apegos que he tratado de trabajar desde diferentes perspectivas. Hoy la oración y la meditación me han ofrecido una alternativa hacia la búsqueda de la liberación en donde yo pensé, desde mi ego, que caminaba con pasos agigantados. Creí que tenía muy preparada mi muerte. Hoy me queda claro que no es así.

Recuerdo en mi infancia, en las pláticas con mis hermanos, que siempre decíamos que no queríamos ser el último en morir para no experimentar la pérdida del otro. Como médico y como tanatólogo he aprendido mucho de la muerte y de la pérdida, del consuelo y la compasión, del acompañamiento amoroso. He acompañado con mucho amor a gente a bien morir. Nada de eso me preparó para mi propia muerte. Y no quiero con esto hacer que pierdas la esperanza; más bien, que hagamos conciencia de nuestra propia humanidad y que solo Dios experimentado desde el amor, como tú lo concibas, nos da una respuesta.

Quería compartir contigo mi más reciente experiencia de muerte. Soy médico internista. Desde marzo del 2020 he estado viendo pacientes con Covid, una enfermedad que no tiene nombre, ni un patrón real, desoladora (porque de verdad nos obliga a la soledad física). He visto morir a infinidad de gente por Covid a pesar del trabajo realizado y por el otro lado, también he sacado adelante (ahora sé que no he sido yo) a muchos pacientes. He sufrido la pérdida de amigos médicos, enfermeras, camilleros, todos en batalla. Personas que caminaban conmigo en mi labor como médico y que ya no están (al menos en el plano físico). Lo he aceptado; sin embargo, hoy quiero compartirles algunas reflexiones de la vida a propósito de la experiencia que he vivido durante el último mes. Pues quiero de verdad vivir por otro camino: Un camino verdaderamente libre y reconocido.

Todo lo que he podido vivir en comunión con pacientes con Covid es que no todos tienen la fortuna de sobrevivir y no todos tienen la fortuna de aprender algo, porque resulta que en ese momento, lo más fácil es “sobrevivir” pero lo más difícil es aprender algo para aprender a vivir y para no volver a recorrer los mismos caminos.

Yo reconozco que distraje mi cuerpo físico, mi trabajo espiritual y mi descanso y eso me llevó a enfermarme después de tantos meses de batalla y hacerlo como lo hice; fui intubado, me pusieron cables y catéteres en muchas partes de mi cuerpo. Todo esto me hace de verdad querer vivir mi vida por otro camino más honesto conmigo mismo.

En una cama de hospital, con pronósticos inciertos, cuando los médicos te dicen que no tienes esperanza de vivir o que son pocas (o lo sabes pues eres médico) reconoces que eres humano (radicalmente humano) frágil, vulnerable, débil, capaz de enfermar: ¡Mortal! En ese hospital se pronunció para mí la palabra MUERTE. Una palabra que nadie quiere escuchar para uno mismo. Allí entendí que sólo eso soy: Un humano mortal. Todo lo demás son los roles que juego: médico, hijo, hermano, novio, meditador, amigo; pero en todo eso, solo soy un humano mortal que se desvanece fácilmente. Con todo, reconozco que ¡es tan hermoso ser humano! Sentir dolor, incluso miedo, que una de las cosas más difíciles que se viven en la experiencia humana es aprender a soltar y ese soltar no es sencillo. Es tan hermoso ser humano, poder respirar, caminar, sentir los rayos del sol, el viento en la cara. Y hoy me doy cuenta, lo valoré hasta que pensé que quizá no volvería a sentir. No somos súper humanos, solo somos humanos. Amaneces, pero no siempre anocheces. Aprendí que en la vida hay una gran cantidad de valores esenciales y otros que no lo son. Cuando se está en un hospital en estado de gravedad, uno descubre que hay cosas que valen la pena y otras que no (quizá accidentales, secundarias o innecesarias, pasajeras). La infelicidad y la ansiedad radican en no saber en dónde está lo importante. Yo no quería morir a pesar de que he trabajado mucho para preparar mi propia muerte y llegué a la conclusión de que la única razón de ese temor es que quería vivir la vida desde lo esencial.

Y… ¿Que es esencial? La vida, la Salud, la familia, los buenos amigos, el amor. Fuera de ello NADA, ABSOLUTAMENTE NADA, ni todo el dinero y poder, pueden comprar un segundo más de vida. Aprendí que en momentos de crisis siempre se quedan las personas que a uno lo quieren. Están allí, aunque la vida las aleje físicamente o no puedas verlos, están allí con todo su amor, con toda su luz, con una real disposición de ayudarte, de sostenerte y que nadie nos ha enseñado a aprender a recibir esa ayuda. Se derrumban las apariencias, los intereses. Solo queda lugar para el corazón que sabe amar con una capacidad extraordinaria. Allí descubres lo importante del afecto que termina siendo medicina: La familia, los amigos, en mi caso ustedes como comunidad PREMA se convirtieron para mí en la salvación que necesitaba. Y no me refiero a la física pues de esta ya se encargaba el excelente grupo de salud con el que me encontraba. Me salvaron espiritualmente: porque junto con todo el tratamiento estaba su oración, su meditación y su amor. Aprendí que en las crisis los relatos, las explicaciones, las lógicas, el trabajo, los sistemas, incluso las creencias se desvanecen. Solo queda ESTAR. La vida es un acontecimiento hermoso que sucede entre el nacimiento y la muerte. Y en la vida uno aprende que lo único que sirve es una palabra discreta, una lágrima, una oración, el amor (y el sufrimiento) compartido, una sonrisa, un deseo, una promesa. Y con esto aprendí que lo único que deseaba en este aislamiento era que alguien estuviera, nada más. No he logrado entender si esto es bueno o malo. No he logrado entender si es parte de mis apegos y si caí en el juego del Lilah a los peldaños más bajos pero entiendo que es parte de mi humanidad, de mi luz y de mi propia oscuridad. Aprendí que sólo Dios: (como lo quieras concebir) basta. Lo aprendí en un juego que se dio entre luz y oscuridad. Los momentos de más desolación los viví cuando negué a Dios como parte de mí, de mi cuerpo, de mi propio dolor. Y los momentos de más luz fueron quizá cuando lo sentía incluso en la sonda para orinar que tenía puesta. Todo lo demás se desvanece y pierde sentido. Todo aquello que es efímero. Sin fe uno se muere aunque no se muera. Yo me morí más de una vez y no me refiero a los días que estuve sedado y tuve un tubo puesto para respirar. Pero no quiero morir nunca más, quiero cambiar mi camino. La fe en tu propia divinidad es portadora de sentido. Si no crees ya te moriste porque cuando todo está perdido humanamente solo queda algo con MAYÚSCULA que te da la fuerza para salir adelante o la aceptación para terminar. TU SER SUPERIOR, TU CAMPO UNIFICADO, DIOS, BABAJI.


Dios actuó en todo momento, incluso cuando yo no quería verlo. A través de todo, a través de todos, Dios estaba en ese cuerpo mío que parecía que moría aunque yo no pudiera verlo por el miedo que sentía. Dios estaba en los médicos que tomaban las decisiones o que me tomaban el hombro, o que tuvieron la humanidad de hacer una videollamada con mi familia. Dios estaba en las enfermeras que me cambiaban, que me volteaban, que me daban los medicamentos, en la medicina, en las auxiliares que me ponían el cómodo para hacer mis necesidades, en los camilleros que me movían y me bañaban y que al conocerlos trataban siempre de darme palabras de aliento. Vamos, allí te das cuenta de que Dios está, incluso, en la cama sobre la que estaba acostado que trató de ser generosa conmigo y en cada cable o sonda que tenía conectado. Aún cuando el dolor y el temor no te deja verlo, Dios actúa sutilmente pero fuerte en todo el proceso. Dios está en el amor de una palabra de aliento. Aprendí que no soy indispensable pero que tengo una misión que cumplir. Cuando uno está enfermo todo puede ser postergado, aplazado, cancelado, MENOS VIVIR. Vivir es inaplazable, impostergable. Y SE VIVE HOY. Y lo entendí verdaderamente porque en una enfermedad como Covid que a las 6 am todo está estable y para las 10 am todo puede cambiar, así en unas horas.

Lo bueno, lo bello, lo amoroso no puede aplazarse. Eso es mantenerse presente, día con día, amarse hoy, ponerse la camisa nueva hoy, comer la comida rica hoy, tomar el café con un amigo hoy, dar el abrazo hoy. Vivir HOY con cada parte de nuestro Ser observado. Porque cuando uno escucha que es posible que no haya un mañana es cuando entiende que la vida es HOY. Cuando uno está enfermo es cuando entiende que se trata de vivir o morir. No hay otra alternativa, no hay punto medio: Esa es la realidad (o vives o mueres). Sobrevivir es para mediocres. Eso se entiende en la cama de un hospital. Aprendí que TODO PIERDE VALOR: Dinero, apariencias. Yo era un MÉDICO desnudo, con tubos por todas partes, que orinaba con una sonda con una bolsa que alguien más tenía que cambiar, al que le limpiaban los genitales, vulnerable, conectado por todas partes, sin poder moverme de la cama. Haciendo sus necesidades en recipientes esperando que una enfermera los recogiera. NO SOMOS NADA Y AL MISMO TIEMPO SOMOS TODO menos APARIENCIAS. ¿Para qué los títulos académicos? ¿para qué mi casa comprada? ¿Para qué ser MÉDICO? si al igual que muchos de mis pacientes y mis compañeros de piso también me estaba muriendo. Pensé que, así como me veía y como se veía el paciente de enfrente no había nada que sirviera, más que solo vivir. TODOS SOMOS IGUALES. Y aquí vuelvo al concepto del “HOY” pues no es que esté mal querer vivir bien económicamente o tener proyectos profesionales, pero ahora quiero verlos como lo que son: parte de esta maravillosa experiencia de vida, hacerlos con más amor, desde la vida y no desde la apariencia. ¿Para qué tanta soberbia? Si el golpe de la enfermedad nos hace despertar Por último… Dos ideas: Después de cualquier enfermedad (hoy fue Covid), cuando uno sobrevive siempre es posible volver a empezar. Es una oportunidad para vivir, para mantenerse presentes. Es volver a nacer y uno no puede simplemente desaprovechar esa oportunidad. De eso depende vivir la vida con sentido o la vida que se agota con la biología. Aprender a vivir con los ojos abiertos, el corazón abierto y palpitante. SI ES QUE HAY ALGUNA FORMA DE PREPARARNOS PARA LA PROPIA MUERTE ES ESA: VIVIR CON LOS OJOS ABIERTOS Y DESDE EL AMOR Quiero agradecer sus palabras, sus gestos, su oración, su meditación, su estar allí. Siempre se puede volver por otro camino.

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