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La muerte como un proceso amoroso

Por Hesiquio Rodríguez.


A pesar de vivir en una exquisita cultura que celebra a la muerte y a sus muertos y que, incluso, se burla de ella, al calor de un buen chiste. La muerte es algo que realmente no esperamos y que cuando estamos cerca del “Final” de la vida de algún ser querido o de nuestra propia vida, la mayor parte de las veces, experimentamo

s ansiedad y temor respecto a vivir este proceso.


Parece irónico, pues lo único que tenemos seguro en la vida es que vamos a morir… Yo no sé si tendré trabajo el día de mañana, o si cenaré el día de hoy. Podré tener expectativas sobre aquello, pero jamás, tendré la certeza completa de que ocurrirá. Sin embargo cuando hablamos de nuestra muerte, ahí sí tenemos una gran certeza de que ocurrirá. Tanto la mía como la de aquellos con quienes coincidimos en espacio, tiempo, energía y amor. Como sea, antes o después también morirán. Así que vale la pena platicar del tema.


Como médico y específicamente en mi área, la medicina interna, convivo a diario con pacientes de edad avanzada (añosos les llamo, yo) o bien tengo mucho contacto con pacientes en estado crítico. Convivo con la muerte a diario y con los pacientes llamados “Terminales”.

En las distintas etapas de mi ejercicio como médico mi postura respecto a la muerte, ha ido cambiando. Y hoy quiero platicarte qué ha cambiado desde que practico meditación, sobre todo, respecto a mi visión sobre el proceso de muerte.


La muerte no respeta raza, nombre, religión, ni edad y cuando viene acompañada de una enfermedad, el proceso consume tanto al que la padece como al que lo acompaña. Con cada paciente y familiar, que he tenido la amorosa fortuna de acompañar, he podido sentir un poco de lo que ellos están sintiendo y me he llenado de una sensación semejante a la tristeza y al dolor.


He visto a pacientes sufrir y llorar deseando que la muerte no ocurra, he visto a familiares que se resisten tanto a la muerte de sus seres queridos que me piden hacer cosas extraordinarias, con tal de mantener un día más al ser amado, por medio de prácticas que podrían definirse como “inhumanas”, pero ¿Cómo juzgarlos? Si durante este proceso experimentan todo tipo de sentimientos y emociones. Algunas ni siquiera tienen nombre, sólo sabe lo que siente el que lo siente; le ponemos nombre porque así nos han enseñado, pero las emociones son aún más subjetivas que las sensaciones físicas. Cuando estas emociones son negativas, son producto del apego y, aunque, tiene su razón de ser, esto llevado al límite es un acto egoísta que sólo trae sufrimiento disfrazado de amor. El amor egoísta no existe.


Ahora sé, gracias a la experiencia del aquí y el ahora, que puede convertirse en una experiencia llena de emociones positivas , que no quitan del todo el dolor, pero acallan el ruido de la mente, permiten el desapego y por lo tanto la experiencia se llena de luz y de amor.

Hacer consciente tu proceso de muerte o el de un ser querido lo transforma. Lo primero que experimentamos es miedo y es normal, pero hay que entender que la mente comienza a jugar con nosotros y las decisiones tomadas desde el temor nunca terminan bien, pues llevan al paciente y a los familiares a un proceso de negación y de enojo que, de no superarse, no permite que veamos a la muerte como lo que es: Un proceso de la vida misma, un proceso de cierre y de transformación. Creamos o no en “algo” más allá.


Cuando perdemos a alguien, solemos escuchar que las cosas pasan por algo, antes esta frase me enfadaba, pues observaba sólo sobradas palabras de aliento. Creía que sólo las personas poco sensibles a la pérdida, decían eso. Por muy sabias que parecieran. Hoy sé que van mucho más allá.


¿De qué se trata la vida? Por qué hay quien parece perder más que otros? ¿Qué es lo que hay que aprender? ¿A ser felices y seguir adelante? No lo sé, sólo sé que la razón por la que hemos sido llamados a esta vida es justo a Experimentar amor. Entonces ¿No tendría que ser la Muerte algo amoroso? Podemos hacerla amorosa y es lo que debemos aprender como médicos, pacientes, familiares y como seres humanos. Para mí la respuesta está en la meditación.

El azar, el ser supremo, o la vida misma parece a veces ensañarse con algunos, pero no es así. Cuando ante una pérdida el corazón pareciera romperse en mil pedazos, no es el fin, es una gran y quizá última oportunidad para expandirnos. Aprendí de Elizabeth Kubler Ross unas palabras que trato de enseñar a mis pacientes : “Cuando hemos aprendido cada cosa que nos tocaba aprender, cuando hemos enseñado lo suficiente, cuando hemos amado y nos han amado tan intenso como nos tocaba en esta vida, cuando hemos superado el sufrimiento, cuando nos hemos experimentado a nosotros mismos sin límites.” (Y ahora agrego, cuando hemos cumplido nuestro Karma) “Se nos permite liberarnos de este cuerpo que ha cumplido su tarea y que al final de la vida sólo aprisiona nuestra alma, se nos permite seguir nuestros ciclos de nacimiento y muerte para poder seguir experimentando todo el amor que la existencia nos puede brindar.” O, tal vez se nos permite regresar a un lugar “mejor” que éste, lleno de luz, de paz, de amor, lleno de Dios.


Malo para los que nos quedamos, porque tenemos que lidiar con la pérdida de quien ya no está y encima de todo con el dolor y la confusión que esto suele generar. Sé que ante la pérdida, en realidad, no existen palabras de aliento, no hay algo que llene los vacíos generados. Sólo hay dos opciones para cerrar un ciclo ante una pérdida: Observar desde el temor y perpetuar el sufrimiento a través de nuestra mente o sencillamente, desde el amor, soltar, agradecer, seguir adelante y confiar. Así es cómo lo veo hoy y como enseño ahora a mis pacientes.

Creo que el amor es lo único capaz de permitirnos superar el dolor y poder continuar el camino sin dejar de ser felices: Permanecer en el amor del presente. Después de todo, de eso se trata la vida. La vida es un juego que exige mucho más que respirar o comer; es nuestra amorosa obligación levantarnos del suelo ante una pérdida (humana o material), sacudirnos el polvo y seguir adelante. Así es la vida ante la muerte, después de todo y como dice el maestro: “Esto, también pasará.”



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