Lo que mi Perrito viejo y la meditación me han enseñado

POR ALEJANDRA LEDESMA



¿Algún día has pensado en tu vejez? ¿Te has preguntado cómo te gustaría morir, a qué edad, haciendo qué o rodeado de quién? Muchos dicen: “Me gustaría morir dormido, sin sufrir.” “Me gustaría morir de viejo con todos mis nietos”; otros dicen, “yo preferiría morir joven, no quiero padecer, no quiero depender de nadie”. Y en realidad ¿Depende de nosotros? Creo que hay un porcentaje en donde sí tenemos injerencia y que radica en cómo nos hemos tratado en la vida. Cómo hemos tratado nuestro cuerpo, nuestro corazón, nuestras relaciones; básicamente lo que hemos sembrado a lo largo de los años. Si hemos sembrado cuidado hacia nosotros y hacia los demás, es muy probable que eso vayamos a recibir, pero nunca tendremos la certidumbre de que así será. Lo que sí es una certeza es que algún día vamos a morir. Y que hoy más que nunca, eso puede ser mañana o ya estando muy viejitos en algún lugar o al lado de personas que ni siquiera hoy conocemos.


Durante muchos años le he tenido miedo a la vejez pero sobre todo, a depender de alguien más, a no poder ser independiente, a depender para caminar, para comer, para ir al baño, para tomarte una ducha, para salir y hasta para respirar. Y aunque sé que no tengo el 100% de la injerencia, sí hay una gran parte que puedo ir construyendo no sólo para el futuro, sino especialmente para mi presente y que por añadidura el presente construirá hacia el futuro.


Mi gran maestro en este presente y en este tema de hoy se llama “Loquito”, una bolita de pelos que llegó en un cumpleaños, en una caja de cartón, en medio de unos mariachis.

Un ser tan amoroso que, de sólo pensarlo, se me llena de alegría el corazón.

Loquito tiene hoy casi 18 años, sí, lo sé, es muy viejito y cada segundo de su vida ha entregado amor incondicional, alegría y ternura. Han sido años maravillosos, pero también confesaré que los últimos, han sido de mucho aprendizaje, dolor y agradecimiento y que no me imagino pasando por ellos si no tuviera conmigo la meditación.

La vejez de mi compañerito me ha traido una cachetada de realidad, pero también la mejor maestría de entrega y de respeto.


Mi perrito viejo me ha enseñado que, siempre, todo tiene un principio y un fin, así que si tienes un perrito, juega lo más que puedas con él, después tal vez no lo pueda hacer. La meditación me ha enseñado a valorar cada segundo del presente y que, si estás totalmente consciente de tu presente, el fin, es menos doloroso.


Mi perrito viejo me ha enseñado que, aunque ya no pueda mirarme, porque sus ojos están totalmente blancos, puede percibir cada sentimiento que tengo, y recostarse sobre mí para hacérmelo saber. La meditación me ha enseñado que lo más importante se ve con los ojos del corazón.

Mi perrito viejo me ha enseñado que algo tan sencillo como ir al baño o comer solo, puede ser la mejor hazaña del día. La meditación me ha enseñado a tener paciencia de manera amorosa y a ver los milagros que tenemos enfrente, cada momento.


Mi perrito viejo me ha enseñado que cuando medita conmigo es más fácil ir hacia adentro y también sus ronquidos o su querer salir de la habitación, revelan qué tan concentrada estoy. La meditación me ha enseñado a conectarnos en la misma vibración sólo con centrarme en el corazón.


Mi perrito viejo me ha enseñado que no importa cuantas veces se caiga, él seguirá haciendo un esfuerzo para levantarse y seguir adelante. La meditación me ha enseñado a manejar el profundo dolor que siento cada vez que veo, que ya no puede avanzar más.


Mi perrito viejo me ha enseñado que nunca es tarde para explorar, a pesar de ya no reconocer en dónde estás o hacia dónde vas. La meditación me ha enseñado a acompañarlo en esas aventuras por pequeñas o cansadas que parezcan.


Mi perrito viejo me ha enseñado que los “besitos de las buenas noches”, pueden ser el momento más sanador, al final de un día agotador. La meditación me ha enseñado que ir hacia mi corazón por la mañana, pueden hacer que un día agotador, tenga un final de agradecimiento.


Mi perrito viejo me ha enseñado a honrar la vida y a abrazar la muerte. La meditación me ha enseñado a entender que ambas son una misma cosa.


Así que si tienes un perrito en casa, corre a abrazarlo, pon tu oreja sobre su pecho y escucha su corazón y luego medita para entender que están conectados por el mismo latir.



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