Relatos de héroes verdaderos. La maestra.




Por Allari Prieto

*Los hechos que se narran a continuación están basados en eventos y personas reales, mezclados con elementos de ficción. Los nombres de personajes y lugares se han modificado por respeto al anonimato.

Para nadie es nuevo que México, como muchos otros países alrededor del mundo, sufre una abismal desigualdad social, algo que no es nuevo, ni exclusivo del actual régimen, es un aspecto lamentable que viene ocurriendo desde hace siglos y que en las últimas décadas se ha incrementado de manera alarmante. México no está, ni ha estado en la posibilidad de poder brindar al total de su población, las herramientas tecnológicas adecuadas para poder realizar actividades de educación a distancia, sobre todo cuando de educación pública se trata, lo que, aunado a la falta de recursos, alejamiento, sobre población, hacinamiento y pobreza, entre otros factores, hacen que el acceso a la educación para muchos niños sea prácticamente imposible.

Según datos de Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación (INEE) Es imposible comparar la calidad de la oferta educativa privada con la pública. Más allá de los aspectos tecnológicos, están las condiciones de vida en las que viven maestros y alumnos de las zonas conurbadas y rurales del país. Lo que hace que la brecha entre unos alumnos y otros sea abismal.


El confinamiento ha propiciado que miles de niños en México queden sin acceso a educación, y un aspecto muy importante, la escuela no sólo era un sitio de aprendizaje, sino un espacio de contención segura para muchos niños, mientras sus padres laboraban y ahora ese aspecto también se está viendo afectado.


Adicionalmente la escuela es un lugar de esparcimiento, juego y socialización fundamental para el desarrollo de los niños.


Irremediablemente, la pandemia del Covid- 19 nos ha golpeado con la durísima realidad en la cara, nos ha mostrado de muchas formas, lo desigual que es el mundo en que habitamos. En el caso específico de México, la pobreza supera el 50% de la población, lo que significa que esa mayoría no tiene acceso a información y mucho menos a la posibilidad de continuar sus estudios de manera remota con internet y tecnología de punta.

Y el gran aprendizaje está en poder ver que, a pesar de esas enormes desigualdades, existen seres luminosos que hacen hasta lo imposible por hacer las cosas de manera diferente, demostrando, que, a pesar de las limitaciones económicas y tecnológicas, existe la creatividad en todas sus formas para llevar un poco de luz y conocimiento a otros. A esos que más lo necesitan. Este es el caso de Mireya, una maestra de una comunidad rural del Estado de México, a quién con admiración e inmenso respeto dedico las letras de este relato.

La maestra

Puerto airoso es uno de los poblados donde viven los alumnos de Mireya, es parte de la zona rural del Estado de México, y se ubica en un extenso valle, como muchos de los que hay en esa región. Toda esa zona es famosa por tener hermosos amaneceres. Mireya lo sabe bien, pues antes de esa hora, ya está despierta preparando material o la visita a los pueblos y rancherías de sus alumnos.


Mireya tiene 23 años, su madre murió cuando tenía 6 años y, a los pocos meses, su padre se fue a trabajar a Estados Unidos, desde entonces, no lo ha vuelto a ver, sin embargo nunca ha dejado de mandarle dinero.


La infancia de Mireya transcurrió en Tejulico, la cabecera municipal de la región, en donde vivió con su tía Meche, quien la cuidó como a una hija, le dio educación, ropa, alimento y como Mireya siempre dice:” Amor nunca le faltó.”


Al cumplir 17 años Mireya se fue a vivir con otra de sus tías a la Ciudad de México, en donde estudió para maestra, en la Escuela Normal de Atizapán. Una vez que terminó sus estudios regresó a Tejulico en donde, a pesar de no conseguir una plaza para maestra en la escuela oficial, creo un espacio para poder impartir clases, en una zona aledaña a la Parroquia del pueblo. Desde entonces, tres veces por semana; niños de los pueblos cercanos entre ellos, Puerto airoso; toman clases con ella.

Pareciera ser una labor sencilla, pero en realidad no lo fue, Mireya tuvo que conseguir un espacio adecuarlo para albergar alrededor de 20 niños, conseguir permisos ante la SEP, tramitar y aperturar su propia plaza y recibir un sueldo. Pero el reto más importante fue conseguir la manera de trasladar a los niños de sus poblados a Tejulico. Y lo logró.


Cada tercer día un comerciante que iba a surtir las tienditas locales, recogía a cerca de 10 niños de la región en un punto en común de “Puerto airoso” y los trasladaba hacia Tejulico y de regreso. Así estuvo trabajando Mireya por más de dos años, en los que había conseguido grandes logros, a pesar de la diferencia en las edades, ya todo su grupo, había aprendió a leer, a sumar y a multiplicar, había instaurado una pequeña biblioteca, en la que los niños podían acceder a distintos libros, además de una sesión semanal de cuenta cuentos. En estas sesiones, Mireya trataba de mostrarles otras realidades y ejemplos de vida a los cuáles por medio de la educación, ellos también podrían aspirar.


Lamentablemente todo cambió con la llegada del virus del COVID-19, pero ni siquiera esto, detuvo a Mireya.


Días antes de que se suspendieran las clases, Mireya hizo un registro con las direcciones y poblados de cada uno de sus alumnos, anotó cada detalle y descripción que le ayudará a localizarlos hasta en la ranchería más alejada. Y al mismo tiempo armó paquetes de material básico para que los niños pudieran llevarse a sus casas. Mireya también realizó una guía impresa para que los niños pudieran trabajar a distancia por dos meses, aun cuando ella no estuviera con ellos, organizó el programa educativo semanalmente de manera que los niños pudieran entregar una evaluación semanal que ella ha recogido cada semana con la ayuda de los comerciantes de la región, quiénes la trasladan a los poblados o le ayudan a recolectar el trabajo de sus alumnos y llevarles lo necesario. Que en algunos casos no son sólo lápices o colores, en muchos casos, es comida. Pues Mireya sabe que, con una barriga vacía, no hay cerebro que pueda pensar.


Así es como Mireya lleva más de 80 días trabajando, ha reinventado, ha encontrado nuevas formas y ha demostrado que no hay obstáculo que pueda detenerla. A pesar del cansancio o la complejidad que esto puede implicar, nunca ha contemplado desistir y no ha habido un sólo día de esta pandemia, en que alguno de sus alumnos se quede sin material o sin recibir una nota o una calificación.

En nuestro país existen alrededor de 2 millones 100 mil profesores al frente de grupos, cada uno, labora en distintas condiciones y con distintos recursos tecnológicos y educativos. Muchos laboran en condiciones muy precarias, incluso más vulnerables que las de Mireya. Ser maestro en México es mucho más que una profesión, es una vocación que implica tiempo, amor y talento para adaptarse y reinventar. Es tener la firme voluntad de cambiar la historia de miles de niños. Hoy sólo quiero reconocerlos como parte de los grandes héroes de esta pandemia. Aquellos hombres y mujeres que enarbolan la bandera de la educación como la herramienta para crear un futuro distinto. Gracias a estos héroes sembradores, de sueños, conocimiento, y sobre todo esperanza. Tengan la certeza de que la cosecha será inmensa y dará los mejores frutos. A todos ustedes, gracias.

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