Sanar el espíritu para sanar el cuerpo.

Por Rhesiquio Rodríguez.



Soy médico y como tal me gusta hablar de la meditación como una herramienta más para restablecer la salud. Quizá puedo decir que es una de las más importantes. Lo he experimentado con mis pacientes y conmigo mismo.


Más que hablar de lo que me ha dado la meditación, me gusta transmitir la conciencia de todo lo que me ha quitado. Aquello que pesa y genera estrés, ansiedad y miedo. Cargamos con patrones de dolor y sufrimiento que nos ha enseñado la sociedad, incluso nuestras propias familias y seres queridos, que no hablan más que desde el desconocimiento del Ser. Tenemos creencias erradas que sólo pesan. Pero la realidad es que existen métodos para soltarlos. La Meditación es uno de ellos.


Mi área médica es mejor conocida como: Medicina Interna y se encarga, entre otras cosas, del diagnóstico clínico de enfermedades crónicas que “no se curan”. A pesar de que en mi práctica médica siempre he tratado de darle un toque humano y afectivo a cada paciente, nadie puede entender al otro si no se pone en sus zapatos. Tengo muy grabadas las palabras de un paciente: “Los médicos no saben nada de las necesidades del alma”. Dichas palabras se quedaron clavadas en mis pensamientos, pero no lograba entenderlas con claridad. Nunca pensé que la vida, Dios, mi Ser superior me tendrían la más grande lección: La experiencia en uno mismo.

Fui diagnosticado con Lupus Eritematoso Sistémico y Hepatitis Autoinmune desde hace cuatro años. En ambas enfermedades mi propio sistema inmunológico me atacó y en mi caso, causó falla renal, insuficiencia hepática, abdomen agudo, desmielinizacion de áreas del Sistema nervioso, e inflamación pulmonar, además, mucha artritis y miosotis, que por el dolor, a veces, no me permitían moverme. La pasaba cada mes en el hospital y en dos ocasiones me batí entre la vida y la muerte observando el sufrimiento de mis seres queridos y lleno de miedo, pues al ser un médico que trata estos padecimientos, lo único que mi mente podía mostrarme era mi “limitado futuro” pues la evolución no era buena.


Tuve que dejar de hacer ejercicio, no podía exponerme al sol y, encima, siendo médico no lograba comprender lo que ocurría… Y fue entonces que comprendí las palabras de mi paciente. Recuerdo que en alguna alta hospitalaria pensé: Bueno, esto es lo qué hay y con estos colores vamos a jugar. A partir de allí me levantaba cada día cansado y como aún no entendía la perspectiva de "paciente " sino, sólo mi pensamiento científico, siempre me levantaba con miedo de tener un brote que me llevara al hospital en un estado aún más grave.

Vivía en la disyuntiva entre seguir las indicaciones y dejar o no de hacer lo que me hacia feliz. En un intento de aceptación entre ser juez y parte, la perspectiva fue cambiando. Un buen día me miré en el espejo y vi que había subido de peso, que la mitad de mi cabello (que de por sí no era mucho) se había caído pero ya no me disgustaba, Que la masa muscular por la que tanto me había esforzado se había ido en menos de un mes y sin embargo empezaba a recuperarse.

En un inicio, no me gustó lo que vi y me entristecí. Me cubrí los ojos y al descubrirlos pensé: Éste no soy yo. Y ¡Era cierto! Sólo que yo no podía verlo porque tan sólo veía hacia afuera. La vida quería darme lecciones, pero yo no las veía del todo. Hasta que por una queratitis perdí gran parte de mi vista. Sí dejé de ver, y fue en ese momento, justo cuando lo entendí todo… La vida me forzó a dejar de ver hacia afuera para poder comenzar a ver hacia adentro. Y hoy sólo puedo recordar unas hermosas palabras de mi maestro: “Esto también pasará”. Conocí entonces la meditación y entendí. Y hoy, te lo comparto.


El Ser no es sólo cuerpo, mente o espíritu. El Ser es todo y para poder estar sanos, necesitamos comprender esa globalidad, porque la totalidad del organismo reúne cuerpo, mente, inteligencia, consciencia y alma. Es el equilibrio de todas ellas lo que te regala la salud. Y ¿sabes qué? Esto es lo que ofrece la meditación. Gracias a este camino entendí que yo soy yo, y no sólo mi cuerpo que respondió a una circunstancia momentánea.


Mi cuerpo es una parte de mí. Soy mucho más que el cuerpo. Soy yo con mis sentimientos, sensaciones y emociones. Soy un buen médico que trabaja a diario y entiende, ahora más que nunca, a sus pacientes, soy mi maravillosa familia que se preocupa en todo momento por mí y que, a pesar de las discusiones, siempre están y sé que me aman. Soy los amigos que estuvieron junto a mi cama en el hospital, ya fuera tomándome de la mano, haciendo una llamada, enviando un mensaje, orando y que me han acompañado en diferentes momentos. Soy este trabajo que tanto amo y disfruto. Soy un excelente amigo, hijo y hermano. Soy una estupenda pareja. Yo soy mucho más. Hoy me jacto de decirles a mis pacientes y amigos que pasan por momentos difíciles o dolorosos, que vivir la vida, verdaderamente vivirla, exige mucho más que respirar o comer… Y que es nuestra obligación superar las adversidades que se nos presentan, levantarnos y seguir adelante para ser felices y amorosos. Y me lo digo a mí mismo a diario.


Ya no tengo miedo, decidí afrontar la vida desde el amor y no desde el temor. Mi cuerpo ha venido sanando porque lo hicieron mi mente y mi espíritu y si alguna vez pierdo mi centro y vuelvo a recaer, sé que me levantaré. Antes tenía miedo por eso no sanaba, ahora lo tomo con amor y mi vida va cambiando a pasos gigantes. Ese cambio de pensamiento y de consciencia lo he logrado gracias a la meditación. Mi pregunta para ti sería la que me hice yo estos años. ¿Y tú cuándo quieres sanar?




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