La vida desde el 4° piso. Por Allari Prieto.



Cuando era niña y escuchaba sobre alguien que iba a cumplir cuarenta años o se hablaba de alguien “cuarentón”, inevitablemente me imaginaba a alguien bastante mayor. Incluso en mi mente infantil perduraba la idea de que tener “cuarenta” era por, llamarlo de algún modo, algo no tan agradable.


Quizá mi creencia se debía en mucho, a que gran parte de nuestras abuelos, al menos, los que yo conocía, llegaban a la edad adulta bastante deteriorados. Sobre todo porque, muchos de ellos, habían iniciado sus vidas productivas antes de los veinte años, habían tenido una gran cantidad de hijos, debido lo escasos y mal vistos que eran los métodos anticonceptivos. La verdad es que muchas mujeres pasaban casi toda su juventud embarazadas y criando hijos. Y en muchos casos no contaban con ayuda doméstica que les permitiera sobre llevar el extenuante trabajo de la casa y la crianza. La participación del hombre en el ámbito doméstico prácticamente era nulo. Y sobre todo la vida dejaba, en algunos casos, poco espacio para la introspección, la autoreflexión y la meditación.


También fuimos bombardeados con una serie de creencias limitantes, que nos hacían pensar que la entrada a los 40, era casi, casi el fin de la vida plena, el fin de la juventud y sobre todo de la diversión. Recuerdo a mi mamá decir en su cumpleaños 30 que se estaba haciendo mayor. Lo pienso ahora y de verdad me da risa, porque hoy que la veo en fotos, era en verdad, plena, joven, hermosa, completa. En mi experiencia de vida la década de los 30 y sobre todo la llegada a los 40 implicó un momento de gran plenitud y no me refiero con ello a logros económicos o profesionales, solamente, sino, a la llegada de un momento en que comencé a ver la crisis y los obstáculos como una oportunidad para crecer.


Si recordamos un poco esas creencias populares, podemos escuchar en nuestras mentes frases como: “La Crisis de los 40”, y suena como algo negativo, que inevitablemente nos alcanzaría. Recuerdo mucho haber escuchado frases de mujeres respecto a los hombres cuarentones, “Es que está en la crisis de los 40 y se le alborotó la hormona.” o “Dejó a su mujer y a sus hijos por una más joven, es la crisis de los 40.” Incluso esa llamada “Crisis de los 40”. Era una manera de justificar, errores, infidelidades, irresponsabilidades y sobre todo la falta de autoconocimiento. Había o hay mucha injusticia y juicio hacía las mujeres que por convicción o no, están fuera de la “institución” del matrimonio, frases como: “Es una solterona” o “Pobrecita, se quedo para vestir santos”.


Hoy los tiempos han cambiado, y con ellos también el modo en el que nos autoconcebimos, el modo en el que nos relacionamos, e incluso, los conceptos sobre plenitud y éxito. Sin duda, 40 años de vida, nos son poca cosa. Si tomamos en cuenta que el promedio de vida actual está entre los 75 y 80 años. Es verdad que los 40 años, representan en, cierto modo, la mitad de nuestra vida, e invariablemente llegar a esta edad nos obliga a hacer un alto en el camino.

Replantear, balancear, revalorar, reflexionar sobre quiénes somos, dónde estamos, si estamos bien o no, qué hemos hecho, qué tenemos pendiente, en qué nos hemos equivocado, qué haríamos diferente.


¿Qué nos asusta? El paso de los años, envejecer, no tener ya un cuerpo tan joven, no encajar tanto en un estereotipo de belleza. No tener, ante los ojos de los demás, un Modus Vivendi “adecuado” que cuadre con las normas sociales. No estamos ya para permitir que esas cosas nos desestabilicen. La pregunta está en ¿Qué tan feliz soy como estoy y en donde estoy aquí y ahora? ¿Las decisiones que he tomado me han llevado a la paz? Llegar a la mediana edad nos posibilita a ver hacia adentro. Nos permite ver en perspectiva nuestra vida. En mi caso, los cuarenta me llegaron varios años después de estar muy inmersa en la maternidad y la crianza, años hermosos, pero extenuantes, en los que viví mucho hacia afuera y en los que puse pausa o pospuse muchos proyectos personales. Justo dos años antes de cumplir 40, viví una fuerte crisis de identidad que me obligó a replantear muchos aspectos de mi vida, a poner límites en áreas que no había podido. A concebirme, por primera vez en mi vida, como una mujer fuerte, a depurar sobre todo personas que no aportaban, a reconocerme y reencontrarme. No fue sencillo, pero vivir esa crisis me hizo crecer. Me hizo ser la persona que hoy soy y lo agradezco.


¿Por qué nos asusta tanto la crisis? Quizá porque implica dificultad, dolor… Pero la crisis es justo eso, cambio, todo depende de cómo la miremos. La crisis va a llegar sí o sí para enseñarnos algo, lo que necesitemos aprender. La clave está en qué tan conectados estaremos con nosotros mismos para vivirla, en qué tan capaces seamos de reconocer nuestra luz y nuestra sombra. Y nos va a pasar, no necesariamente a los 40, a cualquier edad, cuando sea el momento. La cuestión es cómo quiero estar cuando eso pase.


Hoy agradezco y me siento muy afortunada de haber vivido mi crisis pre-cuarentas porque reencontré a una mujer que hoy me gusta. Tengo mayor madurez que a los 20 y mucho mejor sentido del humor, puedo ver mi vida desde otro lado, conozco y he perdonado muchos de mis errores, trabajo mucho aún, en mis grandes defectos de carácter, pero al fin me acepto imperfecta, porque así estoy bien. He amado con intensidad, he sido amada, he sufrido pérdidas, he luchado por causas que así lo ameritaban y no siempre he salido bien librada, pero he aprendido, he construido lazos con personas maravillosas que hoy llenan mi vida. Fueron justo los 40 para mí, la reconexión con mi ser más interno a través de la meditación y la llegada de grandes bendiciones y maestros.


Nunca mentiré sobre mi edad, ni me quitaré los años, porque cada uno me ha enseñado y me ha hecho ser quien soy. Trato de estar conforme con cada cana, con cada arruga, con el hecho de tener que cuidar mi alimentación. Tengo más conciencia de mi cuerpo y de los estragos de los excesos pasados, pero también ellos me hicieron aprender que he vivido, que he reído mucho y he disfrutado. Si algo tuviera que hacer diferente, comenzaría a meditar antes.

He estado en la vida y de verdad que la he vivido intensamente. Que vengan más años, los que tengan que venir, los que toquen, que marquen su paso en mí y yo mi huella en la tierra, que se note mi paso por el mundo. Tengo millones de cosas pendientes, de sueños, de proyectos, de lugares desconocidos que pisar, de sabores que probar, de personas que amar, de amigos que abrazar, de tropiezos y quizá de lágrimas, que sea todo bienvenido. Bienvenidos pues, los 40 y los que vengan, la crisis y sus dulces y amargos. Y es verdad, hoy lo veo, la vida desde el 4º piso luce bastante bien. Así que a disfrutar la vista.

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