Ser sangha, ser familia

Por Allari Prieto R.


“Al ser Sangha somos como las estrellas, podemos no vernos, estar lejos, tener distancia, pero siempre, siempre nos sabemos presentes.”


“Sangha” es una palabra del sánscrito que puede ser descrita como: asociación, asamblea, comunidad. En la tradición budista se nombraba “Sangha” a los miembros de la vida monástica, hombres o mujeres que se habían ordenado como monjes, que vivían juntos y compartían. Fue introducido por el Buda Gautama para preservar las enseñanzas y servir como ejemplo a la comunidad laica. Además la “Sangha” era considerada como imprescindible en el camino para alcanzar la iluminación y formaba parte de los tres pilares fundamentales de Budismo, junto con Gurú (Maestro) y Dharma (La práctica meditativa).


El término “Sangha” hoy en día puede definirse como la comunidad o familia espiritual de quienes comparten el camino del despertar y la iluminación.


Una palabra que lleva a una comprensión clara del concepto a nivel mente e intelecto. Pero cuando llevamos la palabra “Sangha” a un lenguaje del corazón, su significado y trascendencia, van mucho más allá.


En este mundo veloz y vertiginoso, ¿cómo conformamos comunidad? No sé cuál haya sido el principio del camino para ustedes. Quizá, como en mi caso, iniciaron con la práctica de Yoga. Mi primera Sangha la conformábamos cuatro personas de un pequeño grupo de practicantes de Yoga. Hoy sé que muy probablemente, sin ellos, yo no hubiera hecho la conexión que hice, ni me hubiera quedado en este camino.


Posteriormente me mudé a otra zona de la ciudad y ahora buscaba un nuevo lugar dónde practicar y fue así como por “causalidad”, llegué a Casa Samasatti, en Amores 1111. Justo ahí comencé una nueva práctica de Yoga. Pero encontré algo que no había encontrado en ningún otro sitio: Allí había comunidad, sentido de pertenencia y poco a poco y sin darme cuenta, comencé a ser parte, a ser y a hacer “Sangha”.


Algo que siempre llamó mi atención durante el tiempo que estuve ahí, fue el ambiente de hermandad entre los maestros y miembros, y creo que, sin duda, fue un hecho que impactó en mi decisión para continuar con mi formación, más allá de la práctica habitual.

Poco tiempo después comencé mi certificación como maestra de meditación y fue en este espacio y en ese tiempo donde encontré lo que yo llamo mi Sangha profunda, esa del alma. Las personas que realmente abrieron mi corazón y que son y serán, siempre, mi verdadera familia espiritual. Cuando pienso en todos y cada uno ellos, tengo un recuerdo, una vivencia precisa que hace que me acompañen en la práctica y en la vida.


¿Qué encontré yo en mi Sangha? Si tuviera que definirlo sólo con una palabra, sería, “Verdad”. Todos los que la conformamos llegamos ahí por una razón, la que sea. La realidad es que todos somos caminantes incansables, buscadores de algo y coincidimos, entramos al espacio, nos despojamos de máscaras y prejuicios y nos miramos, sin velos, ni capas. Aprendimos a confiarnos, a amarnos y en el momento menos pensado, nos hermanamos, nos ayudamos, crecimos y fuimos testigos de nuestros procesos. A veces dulces, a veces amargos. Más cerca de unos que de otros, pero la magia sucedió.


Con certeza puedo decir que con algunos de los miembros me llevo vínculos poderosísimos y amistades perdurables, proyectos de vida nuevos. Y estoy convencida que mi proceso no hubiera sido el mismo, sin cada uno. Además de que tengo la fortuna de que una de mis hermanas de vida, es hoy también mi hermana de camino espiritual.


Cuando aún era muy joven, uno de mis grandes maestros me dijo: El amor es una decisión. En el momento no lo entendí. Y hoy cuando escribo y pienso en mi Sangha, todo cobra sentido. Ser y hacer Sangha es tener la voluntad de estar, de amar, de perdurar en constancia y bondad. Pero es también soltarse y confiar, tener la certeza de que cuando la vida se ponga difícil, siempre va a haber una mano que tomar, unos brazos abiertos, una mirada cómplice, una palabra de aliento.


Hoy, que me toca estar del otro lado, como maestra, veo también ese amor de la Sangha de más tiempo, de la Sangha de maestros. Veo cómo son el ejemplo del Maestro que inició el camino, de Jivan. Acogen, reciben, contienen y comparten conocimiento. Me siento profundamente agradecida, respaldada y muy afortunada de ser parte. Son ellos el ejemplo claro de la expansión de la conciencia.


Ser y hacer Sangha es sin duda, uno de los grandes regalos de este camino. Hoy, toca regresar la dádiva y dar la bienvenida a los que inician. Al ser Sangha somos como las estrellas, podemos no vernos, estar lejos, tener distancia, pero siempre, siempre nos sabemos presentes.





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