DATE PERMISO DE SENTIR

POR KARLA AMÉRICA RIVERA OSORIO



Desde pequeños aprendimos a no sentir. En algunos casos, fue por lo que escuchamos de nuestros padres; otras veces, fue por lo que interpretamos como bueno, malo, correcto o incorrecto de esto; algunas más porque era vergonzoso o porque tuvimos alguna experiencia que hizo que creáramos una serie de barreras que, a manera de juicios, definiciones, conclusiones, mandatos, fidelidades o alineaciones, solidificamos como verdaderas y únicas. Esto trae como consecuencia contracción. La contracción es un estado de presión; es reducirse o limitarse, y per se, implica disminución. Nos disminuimos cuando no nos damos permiso de sentir y al hacerlo, nuestro cuerpo va almacenando esas emociones que de manera natural requieren salir y expresarse; nuestro hogar emocional se convierte en una especie de válvula lista para ser disparada a la menor provocación: el cuerpo físico enferma, el cuerpo emocional se manifiesta a través de ansiedad, frustración, depresión, rigidez, inflexibilidad, control y miedo. Nuestro cuerpo energético se bloquea. Es posible, que no vivamos en la consciencia de que esto ocurre porque conforme transcurre el tiempo, se convierte en un estado operativo automático de vivir, lo que lo hace aún más peligroso pues con el transcurso de la vida son progresivos los efectos.


Lo anterior es aún más grave cuando las emociones que no se expresan, son las generadas por una experiencia traumática de la niñez; las secuelas de esta elección consciente o inconsciente trascienden en la personalidad y en la calidad del hogar emocional de las personas, definiendo sus manifestaciones y la condición de la relación con ellas mismas, con el entorno, con la existencia y con los demás.


El monstruo de no darnos permiso de sentir se hace cada vez mas grande; entre mas grande, más es la emocionalidad contenida que provoca sus efectos en nuestro presente y a través de esto, se distorsiona nuestra realidad pues medimos y vemos todo en función de estos filtros.

Ahora bien, pensemos ¿qué sería diferente sí viviéramos en la ligereza de la libertad, libres del yugo de esas emociones contenidas? ¿Y si, eligiéramos crear una realidad diferente, reconociendo que hay algo añejado que observar y quizás resolver, para desde el amor y la compasión manifestar los cómo sí y ser nosotros mismos en completa autenticidad?


Darnos el permiso de reconocer y sentir nuestras emociones es verdaderamente viajar ligero; es estar presente experimentando nuestra existencia en total entrega con nuestros cinco sentidos, recibiendo, percibiendo y siendo en completa expansión como los seres infinitos de posibilidades que somos.


Pero ¿Cómo podemos elegir darnos el permiso de sentir si lo que vive dentro es doloroso, vergonzoso, iracundo o triste? La respuesta es muy sencilla, cuando nos hacemos conscientes de que la vida es bella y que la merecemos, que merecemos sus inmensos regalos. Ésta es la varita mágica que desnuda cualquier tesoro envenenado anidado en nuestro ser y entonces desde el halo de la consciencia vemos de frente al monstruo, esto le resta poder e importancia y lo debilita. Es muy importante pensar lo que hay del otro lado del miedo; al hacerlo, nos hacemos conscientes de que si encendemos la luz , -nuestra luz interna-, ese monstruo desaparecerá. Sentir las emociones positivas nos expande y potencializa, sentir las emociones negativas nos da la posibilidad de despertar a nuevas y gozosas realidades e indudablemente crecemos.


Meditamos para encender la luz, meditamos para expandirnos y potencializar nuestro bello ser. Meditamos para todo el tiempo darnos el permiso de sentir y observarnos. Meditamos para que los monstruos desaparezcan y veamos que quizás… no era sino simplemente la sombra de un árbol.


Date el permiso de sentir.

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