De armas y defensas…

Por Allari Prieto



“Hay algo que no me deja en paz,

un enojo añejo. Una emoción de no

saber ser mujer”.

Diana Medina.


Siempre he creído que las coincidencias no son sólo eso. De pequeña me parecía que detrás de cada coincidencia había algo de magia, pero nunca logré entender muy bien de qué se trataba. Aunque en el fondo sabía que algo había de cierto en eso.


Hace apenas unos días una de mis mejores amigas me pidió acompañarla a la presentación de un libro, algo constante en mi quehacer profesional. La verdad es que el horario nada me cuadraba, pero, sin más, todo se acomodó y pude ir.


Llegué sin ninguna expectativa, aunque mi amiga ya me había explicado algo. Desde que cruce la primera puerta, me llegó un agradable olor a incienso. Una vez dentro de la sala, tarán… Todo dispuesto como en cualquier presentación de libro, pero había algo más… “Un altar de meditación”, justo a un costado del sitio de la autora. Ella, una hermosa y luminosa mujer llamada Diana Medina, quien sonreía y daba la bienvenida a todo aquel que llegaba.

La mayoría éramos mujeres, y notaba entre muchas de ellas un increíble sentido de comunidad y lo mejor, eran “pro niños”, había muchos niños pequeños y medianos caminando por toda la sala con total libertad. Era un evento “Kids friendly” y todos los adultos eran tolerantes y se mostraban tranquilos.


Bastó sólo cruzar aquel umbral para encontrarme en un oasis de mujeres, relajadas, tolerantes y amorosas, muchas de ellas, madres, profesionistas, escritoras. La cereza del pastel, eran meditadoras. Estaba yo en lo mío, como pez en el agua. Y lo mejor, estaba aún por venir.

Con mucho entusiasmo elegí mi sitio y entonces la magia comenzó. Diana se presentó y con ella su obra, el título: “La caída de la Armadura”. Con una claridad increíble explicó que después de leer “El viaje del Héroe” de Joseph Campbell, decidió escribir su propio libro como un viaje personal para descubrirse a si misma. La maravilla de todo, fue que al hacerlo no sólo conectó son su ser, sino, que sus palabras comenzaron a hacer eco, como ella misma lo dijo, en muchas otras mujeres, mujeres cercanas y no, mujeres de su generación que llegaban y le contaban sus propias historias. De modo que el libro se convirtió en un compendio de voces colectivas, narradas por un solo personaje que nos representa a muchas.


Y efectivamente, ahí estaba yo, sentada escuchando. Una de tantas mujeres de esta generación que hoy somos madres o no, que para bien o para mal vivimos o hemos vivido ya en pareja y muchas cargamos en nuestra maleta de viaje, relaciones inconclusas, rupturas, corazones quebrados, y alguno que otro divorcio.


Algo puntual comenzó a conectarme muy profundo, sobre todo, cuando Diana mencionó, que quizá el origen de nuestras quebradas y tormentosas relaciones de pareja, tenía que ver con cómo nos hemos relacionado con los varones, siempre desde el miedo y la violencia. Teniendo la sensación de ser víctimas latentes de todo lo masculino, creando así férreas e inquebrantables armaduras que nos han impedido amar, amar de verdad.


A esa altura en mi pecho revoloteaban una y mil emociones añejas, que intentaban brotar como lágrimas. Me contuve, sentía que si una sola se escapaba y comenzaba a llorar ya no iba a parar. Porque no sólo lloraría por mí, lloraría también por cada una de mis hermanas de vida, las de sangre y las elegidas, por aquellas mujeres con las que llevo años caminando. Y pensé por qué nadie nos dijo esto hace 20 años, justo cuando comenzamos a construir nuestras armaduras. Nos hubiéramos ahorrado tanto…


Esa lucha brutal por destacar profesionalmente y hacernos un lugar, peleando con uñas y dientes, queriendo ser como hombres, cuando somos tan distintas. La decisión de casarnos o no. La decisión de ser o no madres. El sacrificar tantas horas al lado de nuestros hijos por ese cutre trabajo de tres pesos. La horrible decisión de tener que dejar por años la vida profesional por la elección de ser madres. El recuerdo de la cara de aquel noviecito divino al que le rompimos el corazón por no querer sentir. Claro, mejor hay que ser “cabronas”. La decisión de ser madre soltera, el doloroso divorcio, la custodia compartida, los festivales perdidos, la vida que no para, vivir agotadas, ser autosuficientes. Ese carrusel inagotable que no se detiene… Y Aquí hemos estado luchando, equipadas hasta los dientes con armas y defensas contra un enemigo invisible que es nuestra propia distorsión del feminismo, ese que nos impidió escucharnos y vernos realmente, relacionarnos desde el Ser verdadero.


Afortunadamente, a muchas, como a Diana, como a mí los golpes y las caídas nos revelaron ese instante de consciencia en el que pudimos vernos realmente. Y sea cual sea el camino del despertar que hayamos elegido, nos dimos a la tarea de reconstruirnos, nuestras vidas, nuestra relación con los varones y el futuro de nuestros hijos.


Y aquí es donde Diana, sus sabías palabras y su propio camino hicieron magia, al develar que su camino de regreso al ser fue justo el camino de la meditación. El valor de sentarse, respirar y ver hacia dentro, verse, reencontrarse, reconocerse.


Ahí, esa noche de solsticio de verano, esa noche de agua, en ese salón de mujeres tocadas, de ojos cristalinos, sollozantes. Diana, con la voz entrecortada, comenzó a cantar un mantra… “Om Tare Tu Tare Ture Svaha”. El mantra a Tara. La liberadora de los sufrimientos y los apegos. Y así desde la limpieza de su corazón nos invitó a meditar, a sanar, a derribar y destruir nuestras armaduras y sin más nos posibilitó a ser libres. Al fin desprovistas de armas y defensas, libres para amar… ¿Y tú cuándo derribarás tu armadura? ¿Cuándo te permitirás amar?

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