Disfrutar el viaje. Allari Prieto.



Por Allari Prieto.


Son las 7:30 A.M. Estamos parados en la puerta de la escuela. Todo es correr y prisas. Las prisas del primer día de clases. Sonidos de cláxones, barullo, madres que sueltan una larga lista de recomendaciones, besos, despedidas y un largo etcétera. Como ellas, ahí estoy yo despidiendo a mi hijo de 7 años.


Dos besos, me sonríe y a pesar de los nervios, suelta mi mano y sin mirar atrás entra a la escuela primaria. A ese nuevo y desconocido micro mundo que se muestra tan interesante. Un sinfín de nuevas posibilidades. Una etapa que ahora es suya y sólo suya. En ese instante soy consciente de que ha crecido. Que esa primera infancia ya ha pasado. Tan veloz como un pestañeo.


Sin más, vienen a mi mente una, tras otra, cientos de imágenes de mi hijo y su primera infancia. La prueba de embarazo que confirmara positivo, las mañanas cuando sus pataditas en mi abultado vientre me hacían despertar. Nuestra primera mirada después del parto, esa primera frase, cara a cara: “Hola Patricio, soy mamá” que fue, al mismo tiempo la certeza más evidente del amor infinito.


El día que, desde la cuna, gritó: “Mamá, ya no como un ruido extraño, sino, llamándome a mí y sólo a mí. Los primeros pasos en el tapete de foami rojo, las papillas, los biberones, nuestros íntimos momentos de lactancia, sus manos regordetas alrededor de mi cuello. Esos besos/mordidas llenos de baba; el primer día de guardería y mi llanto camino al trabajo. La estimulación temprana, el primer aventón por la resbaladilla grande, las pegajosas canciones del payaso Gymbo; su ruidosa lonchera de cars, el jardín de niños. Como olvidar los festivales del día de las madres, su trajecito blanco y su mini capa de estudiantina. Ese enorme disfraz de chango en el que se perdía, en el último festival de Navidad. Y su vocecita cantando a gritos. Cierro los ojos y veo la mesita de noche con la luz encendida; los pañales, las toallitas húmedas, el tiraleche, la colección de saca mocos, el termómetro y el ibuprofeno.


Con un dejo de ironía recuerdo también los millones de veces, que exhausta, deseé volver a mis días de soltería, las veces que sin culpa anhelé un baño largo de tina, en lugar de cambiar pañales de madrugada. El hecho de pensar en el día que volvería a beber mi café caliente. Las veces que soñé con el día en que podría volver a trabajar de largo; en mis quejas por los diminutos horarios del preescolar, que no daban tiempo para nada. En todas las veces que quise desaparecer durante los bochornosos e incómodos berrinches afuera de la tiendita o en el parque a la hora de irnos. En todas las noches que me paraba al lado de su cama, sólo para verlo dormir, llena de culpa por haber gritado o no haber sido lo suficientemente paciente.


Con algo de vergüenza recuerdo el enojo profundo que sentí durante esa larga noche de hospital, a causa de una neumonía, que nunca vi venir. La felicidad de mi primera salida sola con amigas, después del puerperio. La idea de que ese viaje de aniversario, a solas con mi marido, nunca terminara; el anhelo de nuestros días de novios. Recordé todas las veces que frente al espejo eché de menos mi abdomen plano y mis muslos flacos.


Las muchas veces que pedí que llegara el día en que él fuera más grande e independiente y yo pudiera retomar mis antiguas actividades… El día en que tuviera más tiempo… Y ¿qué creen? Concedido. El día, por fin llegó. Siempre pensé que pegaría de brincos de felicidad, pero en este momento, sólo puedo sentir esa extraña sensación de hormigueo en la barriga y un enorme nudo en la garganta.


Inevitablemente mis ojos se cristalizan, me siento cursi y ridícula. Respiro profundo y hago un enorme esfuerzo por no llorar. En un instinto reflejo levantó el brazo y dejo escapar un ahogado: “Adiós, changuito”. Aun cuando sé, que hace varios pasos, que me volví invisible. Ahora, en su camino, hay algo mucho más interesante que los brazos de mamá.


Me alegro genuinamente y con una infinita nostalgia comprendo la primera lección que hay que aprender cuando se es madre. Los hijos vienen con alas. En el primer momento que los amamos, debemos aprender a soltarlos, sólo así, los posibilitaremos a vivir su propia vida, a que arranquen camino, sin que nunca tengan que mirar atrás. Hoy, sé que esa primera infancia, es tan sólo, un regalo que la vida hace a las madres para llenarnos de millones de momentos maravillosos que se quedan por siempre en la memoria.


Inicio camino y al dar vuelta en la esquina, entonces sí, me permito llorar y pienso en mi mamá y en lo que debió sentir cuando mi hermana, a sus veintidós, tomó sus maletas y voló lejos. En el día que me despidió en el aeropuerto porque iba a estudiar fuera. En las lágrimas que se aguantó, la noche en que feliz, cerré la puerta de su casa para ir a construir la mía. Y es verdad, nunca miramos atrás y qué bueno que así ha sido.


Me limpio las lágrimas, respiro y con un inmenso “Aquí y ahora” en mi mente, me hago prometer que disfrutaré cada instante de ser madre. Que pondré atención a cada plática y detalle absurdo, que aprenderé a escuchar; que me asustaré, a punto del desmayo con cada bicho de goma, así sea un alacrán morado. Juro que hornearé más pasteles y galletas por las tardes, que me zambulliré en todas las albercas posibles y la haré de tiburón sin preocuparme por la apariencia de mi cuerpo. Que aprenderé a escuchar, trataré de vivir sin prisa y me reiré más. Prometo que contaré menos calorías y disfrutaré más las tardes de pelis y porquerías; que permitiré las, cada vez más escasas, escapadas nocturnas a mi cama. Haré eternas las noches de cuento y pondré buena cara a la primera chica que lleve a casa, que seré una buena suegra.


Hoy en el umbral de esa primera infancia, sobre todo, me prometo a mí misma que seguiré construyendo mi propio proyecto de vida alterno, que no pararé de trabajar por esos sueños que son sólo míos, que alimentaré y siempre tendré espacio para esa tribu de mujeres hermosas, que son mis amigas y que regaré la relación, con el maravilloso hombre que tengo a mi lado; con el agua del amor, la paciencia y la escucha infinita. Sólo así, cuando llegue el momento en que mi hijo decida emprender el vuelo, podré despedirlo sonriente, con la certeza de que algo más me espera y con la satisfacción plena de haber disfrutado el viaje. Este hermoso e intenso viaje al que llamamos ser madres.

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